Es sábado en la mañana y me toca evaluar (no
sólo calificar) a estudiantes de veterinaria y negocios en su rol de profesores
de gestión. Las alumnas son propietarias
de micro empresas de la comuna de La Pintana.
Me sorprendo de la calidad e intensidad de la clase. El foco está puesto en los problemas de
gestión y emprendimiento y no en la teoría.
La reflexión es profunda y aplicada.
Los niveles de participación son extraordinarios. Esta clase sí que vale la pena para todos
nosotros.
Vale la pena porque los dos grupos de
personas: profesores- estudiantes y alumnas-emprendedoras están efectivamente ahí,
concentradas, disponibles a las maravillas de escucharse mutuamente. Ninguno de los presentes calienta el asiento
ni finge que le importa. Nadie está ahí sólo
por plata ni por obligación. Aunque
se alude con frecuencia a las dificultades de la vida y los negocios, la
pregunta de fondo es siempre ¿cómo lo hacemos mejor con lo que tenemos?
Participo en silencio, crítico, conmovido.
La sala es pequeña y calurosa. El data show se usa sólo para lo
imprescindible. Afuera otra estudiante prepara feliz el café de mediodía y
luego nos sirve como si fuésemos su mejor negocio ¡qué gran clase de calidad de
servicio nos das sin quererlo Mirentxu!! ¿Dónde pongo la nota siete que te
mereces?
Entre conceptos y experiencias, un invitado
imprescindible si de veras queremos aprender: el humor. Emerge de cualquiera del grupo y se convierte
en señal clara del gozo de aprender cosas que de verdad importan de un modo que
respeta el saber de quienes emprenden a diario.
Antes de cerrar la clase les preguntamos a
las empresarias primero y luego a los estudiantes acerca de qué aprendieron y cómo
van a aplicarlo en vidas y negocios. Las
respuestas son inteligentes y sinceras.
Terminada la mañana de trabajo, en la
minivan que maneja el “tío Sergio” y que usamos gracias al apoyo de la
universidad, las estudiantes van revisando la experiencia y las múltiples
mejoras que quieren hacer.
El
programa Créeme obtiene la
confianza que pide porque cumple, sábados y miércoles desde hace más de dos
años la delicada promesa de enseñar gestión.
Lo co-dirigen los mismos estudiantes y al hacerlo aprenden, en la
práctica, la tremenda complejidad de coordinar personas y procesos, lograr
objetivos, exigirse profesionalmente y acogerse como seres humanos.
Bienvenidas iniciativas de aprendizaje - servicio como ésta. Ojalá llenáramos mucho más de este tipo de asignaturas
las carreras que les ofrecemos a
nuestros jóvenes y las capacitaciones a emprendedores de microempresas. Mucho más de esto y menos de clases monótonas
y autocomplacientes que a veces hacemos.
Si
la juventud es mucho más que una distinción etárea, una actitud, entonces, yo
que me quiero quedar joven para siempre (en este sentido de la palabra), espero
ansioso otros sábados como el de ayer para seguir aprendiendo de estos
estudiantes maestros que me toco evaluar.
Vaya paradoja.
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